Antifútbol

En muchas ciudades está prohibido jugar al fútbol porque lo consideran “un deporte antiislámico”. Y en las ciudades en que todavía no se lo prohibió, como Al Mayadin, en el noroeste de Siria, lo que no se puede es jugar con árbitros. Los árbitros, para el Estado Islámico, deben ser abolidos porque aceptan las normas de la FIFA y “no se rigen con lo que Alá ordenó”.

El EI, también conocido como ISIS, encontró en el fútbol una manera de amplificar su doctrina y traspasar fronteras. Por eso, en los últimos meses se enfocó en ese deporte, el más popular tanto en Occidente como en Oriente, para cometer atentados y anunciar medidas. La imagen que podría sintetizar este odio creciente sucedió en julio, cuando la organización yihadista decapitó en las calles de Raqqa a tres futbolistas y a su entrenador, todos miembros del club Al Shabab. Los cuatro hombres, más un quinto que no fue identificado, murieron con los ojos vendados y el mameluco naranja que el EI les pone a sus víctimas. Los acusaron de espiar para la YPG, el brazo armado del gobierno de facto de Kurdistán, y de jugar un deporte que no responde a los principios del Islam.

Un suicida se inmoló en una cancha de fútbol en medio de un partido de aficionados en Al-Asriya, al sur de Bagdad. El atentado generó 40 víctimas, más de la mitad chicos de entre 10 y 16 años, y 84 heridos.

Los jugadores que murieron en ese espectáculo morboso y sanguinario que propone el EI –y que luego se encarga de viralizar en las redes sociales– fueron Osama Abu Kuwait, Nehad Al Hussein, Ihsan Al Shuwaikh y su hermano Ahmed, director técnico de Al Shabab, uno de los equipos más importantes de Arabia Saudita.

Ya nadie va a escuchar tu remera. El Estado Islámico no sólo se sirve del fútbol para montar su muerte televisada. También lo usa para advertirles a los habitantes de su territorio –que actualmente incluye parte de Siria y de Irak, pero que busca extenderse por Jordania, Líbano, Israel, Palestina y el sur de Turquía–, las consecuencias de caer bajo la tentación de la cultura occidental. En septiembre, como prueba de esto, publicaron una lista con las camisetas prohibidas en los lugares donde gobierna este califato. La del Barcelona con el número 19 de Lionel Messi era una de ellas. La del Real Madrid de Cristiano Ronaldo, también. Las otras que aparecían tachadas eran la del Milán, y la de las selecciones de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania. O cualquiera de marca Nike o Adidas, sea de fútbol, básquet o rugby. El que se las ponga tendrá, según anunció el EI, un castigo de 80 latigazos.

Si desde la perspectiva yihadista el fútbol representa un símbolo occidental, el Real Madrid es, desde siempre, el corazón de ese símbolo. El Estado Islámico le declaró su guerra a ese club en mayo, con dos atentados en peñas madridistas en Irak. El primero, en la ciudad de Samarra, tuvo como resultado 16 muertos. Ese domingo, los jugadores del Real jugaron con un brazalete negro. Pero dieciséis días después, el 29 de mayo, en Diyala, 80 kilómetros al norte de la capital Bagdad, un grupo de yihadistas entró en otra peña durante la final de la Champions, disparó a mansalva con AK-47 y causó cuatro víctimas. Minutos después, el Real Madrid salió campeón de Europa. Festejarlo, en algunas zonas de Irak, era casi una pena de muerte.

 

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