El bastión independentista de Catalunya

El club donde brilla Lionel Messi luchó, desde su nacimiento, por la autonomía de Catalunya. Le asesinaron un presidente, atentaron contra su sede social y hasta prohibieron su escudo.

Por Agustín Colombo

Detrás de su exitoso presente, de las genialidades de Messi y la elegancia de Andrés Iniesta, Barcelona es, también, la historia de una resistencia que forjó en sus primeros años de vida. Edén del fútbol de este tiempo, el Barça tiene un pasado de mártires, héroes y castigos que lo convirtieron en uno de los principales defensores de la autonomía de Catalunya, una llama que se avivó en los últimos meses al calor de las medidas antipopulares del gobierno de Mariano Rajoy.

El club donde actualmente brilla el crack rosarino sufrió en carne propia el autoritarismo que se adueñó de España en la primera parte del siglo XX. En junio de 1925, la silbatina al himno español en un partido homenaje al Orfeón Catalán –la sociedad coral de la región– resultó el disparador para comenzar una persecución continua y sistemática. La dictadura que encabezaba Miguel Primo de Rivera clausuró, a modo de escarmiento por fomentar el sentimiento separatista, el estadio de Les Corts (predecesor al Camp Nou) y echó de la península a Joan Gamper, el fundador y presidente de la institución en aquel momento. Así, Primo de Rivera justificaba su autoproclamada “mano de hierro” para “poner a España en orden”.

Gamper, exiliado en Suiza, su país de origen, se suicidó un tiempo después, abrumado por deudas imposibles de saldar en el contexto del crack internacional de 1929. Destinado a prologar todos los hitos azulgranas, su muerte fue el inicio de una etapa oscura para el Barcelona, que lo homenajeó de la mejor manera: conservó eternamente su carnet, el número uno del club, y desde 1966 organiza, en cada agosto, un minicampeonato internacional que lleva su nombre.

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La Segunda República trajo algo de paz. En 1935, Barça, que atravesaba años de penurias económicas y dirigentes golondrinas, condecoró con la presidencia a Josep Sunyol, reconocido militante de la Izquierda Republicana de Catalunya, un partido político que pugnaba por la independencia de su distrito.

Al mismo tiempo que Sunyol equilibraba las finanzas, el equipo recomponía su situación futbolística: se coronó campeón de Catalunya y llegó a la final de la Copa del Presidente de la II República, en la que Zamora, arquero de Real Madrid, inició su leyenda.

Pero la gestión de Sunyol resultó breve, efímera, igual que la estadía republicana en el poder. Tres semanas después de comenzada la Guerra Civil española, Sunyol, que intentaba visitar a sus compañeros partidarios en la periferia de Madrid, fue capturado y fusilado por el ejército franquista en la sierra de Guadarrama. El presidente mártir –como se lo conoce hoy en las esferas blaugranas– padeció los antagonismos de su país, caldo de cultivo para el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

El antídoto para superar la muerte de Sunyol lo llevó a cabo un grupo de empleados, que organizó una gira de cinco meses por América para darles rodaje y tranquilidad a los jugadores, muchos de los cuales permanecieron exiliados en México y Estados Unidos por temor a represalias. Jugar en Barcelona, en aquella época, era casi una ofensa para los adláteres del dictador Francisco Franco.

En esos años de guerra, la liga española, como le sucedió a todo el país, estuvo detenida. Pero como contestación, y también para no perder el ritmo de competencia, Barcelona participó y ganó buena parte de los torneos no oficiales que se crearon en Catalunya y en la zona mediterránea, donde los republicanos resistían el dominio franquista.

En 1938, ya en el desenlace del conflicto interno, una bomba destruyó la sede social de la calle Consell de Cent, el recinto donde el club guardaba toda su gloria: trofeos, la documentación desde el primer día y libros. Se hubiera perdido o quemado casi todo si no fuera por el conserje Josep Cubells, quien se dedicó a salvar buena parte de esa historia arrasada.

Con la victoria final de Franco, Barcelona siguió pagando por su condición de ícono independentista. El gobierno intervino a la institución a través de una comisión, y dictaminó dos medidas propias del autoritarismo reinante: suprimió dos barras de la señera (la bandera autonómica de Catalunya), que se había incluido en el escudo del club a modo de homenaje a la comunidad y obligó a castellanizar su nombre oficial: de Foot-ball Club Barcelona pasó a denominarse Club de Fútbol Barcelona.

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Paradoja del destino y del balón, Barcelona, seis años después de que asesinaran a su presidente por republicano, obtuvo la Copa del Rey en 1942, cuando se llamaba Copa del Generalísimo.

A medida que pasaba el tiempo, el régimen atenuó su persecución contra los catalanes. Barcelona recompuso su situación institucional, reinició su protagonismo en múltiples deportes y consolidó su importancia social dentro de la ciudad hasta convertirse en algo “más que un club”, como reza su eslogan actual.

Ahora, y desde hace varios años, Barcelona es sinónimo del mejor fútbol del mundo. La cuna del fútbol arte. Batió records en cada temporada, obtuvo tres Champions League y Mundiales de clubes en un lustro y sus hinchas siguen gozando, cada fin de semana, de Messi, el mejor futbolista de la actualidad. Sin embargo, a pesar de las mieles deportivas, la visión y concientización política sigue siendo la misma de siempre. Quedó demostrado en el último clásico contra el Real Madrid, cuando 98 mil cartelitos convirtieron al Camp Nou en una gigante bandera catalana. Ahí, el mundo se enteró de que detrás del éxito, hay también una historia de reivindicaciones.

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3 Comments

  1. Por suerte para los catalanes, España nunca va a permitir que se separen del país

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  2. Pronto habra elecciones en Catalunya, veremos qué pasa allí

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  3. Wow! Great to find a post with such a clear megssae!

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