¿Quién dijo que no surgen poetas de los cuadriláteros?

Sergio Víctor Palma desafía ese imaginario social que desdeña la capacidad intelectual de los boxeadores. Lo hace añicos en cada palabra, en cada reflexión. Desde los tiempos en que aparecía en las portadas de todos los diarios del país, el hombrecito del Chaco sorprende por una combinación poco frecuente: a la fuerza de sus puños le suma la fuerza de su retórica discursiva. Podríamos rotularlo, aunque a él le cause risa, un boxeador intelectual.

Palma se hizo famoso en 1980, cuando le ganó al estadounidense Leo Randolph y se consagró campeón del mundo de la categoría super gallo de la Asociación Mundial del Boxeo (AMB). Su cuerpo mínimo se masificó, y muchas personas empezaron a reconocerlo por la calle. 31 años después, en un bar del microcentro, a Palma lo siguen reconociendo, aunque de manera más esporádica. “Ahora, lo lindo es que me permite retribuir. Antes me daban ganas de escaparme de todos lados. No podía ir a comer porque yo era consciente de que no podía enojarme con la gente, porque justamente vivía por la gente. Eso es un éxito personal, entonces hay que bancársela”, explica.

Poeta, cuentista, guionista y músico, Palma es una especie de filósofo de los cuadriláteros. Mientras habla y le da sorbos a su café, agarra un libro inhallable, no comercial, que sintetiza a la perfección su pensamiento. Se llama De puñetazos y utopías. “Lo escribió Abel Celestino Bailone, un boxeador puntano muy interesante”, indica.

–¿Usted cuándo empezó a escribir?
–Yo creo que la cosa comenzó cuando tenía cinco años, en una habitación de servicio que compartía con mi vieja. El hijo de los patrones de ella tenía una infinita colección de historietas, un estilo de revistas que a mí me interesaban muchísimo. Mi curiosidad por leer estas historietas fue tanta que la patrona de mi vieja, que era maestra, ejerció su vocación docente conmigo. Mi ansiedad hizo que aprendiera a leer y a escribir en un tiempo récord.

–¿Por qué escribe?
–Creo que mi escritura es un modo de hacer catarsis. Igual escribo poco, debo aclararlo. Me importa usar las palabras de un modo alquímico para que digan cosas más profundas, más definidas, más concretas. Pero sé que mi escritura pasa más por el fuero íntimo. Además, como siempre fui insignificantemente pequeño, negrito y feo, y nadie me daba pelota, no me quedaba otra que leer y escribir.

–¿Con la música le pasó algo parecido? Porque también canta…
–Sucedió casi al mismo tiempo. En la habitación de servicio también había una guitarra. Yo sabía tocar algo parecido al chamamé y hacía un par de notas, pero no conocía canciones. Así que no tuve más remedio que hacer mis propias letras, que también las cantaba. Además, el mayor de mis hermanos tocaba la guitarra, era un tipo muy simpático, muy gracioso, y fue una especie de guía. Lo que yo tengo de simpático se lo debo a él. Si no fuera por él, yo sería muy hosco: puedo viajar a Mar del Plata sin emitir una palabra. La música fue importante en esos tiempos adolescentes en que atraer a las mujeres empezaba a resultar importante.

–¿Cuándo se dio cuenta que juntar golpes de boxeo y poesía lo convertía en una persona especial?
–Una vez, en un programa de televisión de Canal 9, encabezaron tres bloques conmigo. Yo en ese momento gozaba de un pico de popularidad bastante importante. En el primer bloque aparecí cantando, en el segundo leyendo un poema mío y, en el tercer bloque, la conductora le dice al público: “Toca la guitarra, canta, escribe poesía y…¡es boxeador!”. En ese momento comprendí que lo que yo hacía era como una pirueta graciosa de un monito de circo. Si bien seguí componiendo y escribiendo, me di cuenta de que me había equivocado: nunca me habían invitado por considerarme una persona corriente, sino por considerarme un bicho raro.

–¿Pero no es raro que un boxeador escriba poesías y cante?
–Sólo el diez por ciento de la población del planeta tiene acceso a la educación primaria, secundaria y terciaria. El otro noventa por ciento comparte –compartimos– un mismo segmento cultural con diferentes matices. Como el boxeador es un individuo expuesto, entonces permite que los demás lo señalen con el dedo y digan “mirá que bruto es”, cuando el que te está señalando es un bruto de mierda. Los boxeadores somos los brutos de la historia porque estamos expuestos, pero en realidad, somos tan brutos como el resto.

–¿Eso pudo plasmarlo en algunas películas como guionista?
–Más o menos. Trabajé en la serie Sin Condena, de Rodolfo Ledo, y en la película Gatica, El Mono. Siempre me molestó que los actores se hicieran una fantasía del boxeador. Recuerdo que uno de ellos decía que éramos muy gesticuladores porque usábamos mucho los brazos. Interpretaban a los boxeadores como si naciéremos en boxilandia. Partían siempre de un prejuicio.
Boxear por amor

Palma conoce muy bien la vida de los pugilistas, sus orígenes ysus modos de pensamiento. “Los boxeadores no pelean por plata. Boxean por amor. Es una de las maneras que encuentra el marginado de manifestar su existencia. Peleamos por debilidad, no por fortaleza. Alguien que se siente seguro, no busca una actividad que lo va a fortalecer porque ya se cree fuerte”, ensaya Palma, quien cansado de observar cómo sufrían sus colegas cuando se retiraban de la actividad,comenzó a diseñar un proyecto para que el Estado reconozca a los boxeadores campeones del mundo.

La iniciativa la encabeza A.DE.BO.AR (Asociación de Defensa del Boxeador Argentino), una agrupación liderada por él, la abogada Miriam Peral, y los boxeadores Héctor Javier Velazco, Mauricio Cabrera y Micaela Cicioli.

–¿Cuál es el primer objetivo de A.DE.BO.AR?
–Dignificar el trabajo deportivo de los boxeadores. Y que ellos, a partir de asumir el pago de una cuota tributaria, también sepan que eso es parte de las obligaciones que los ciudadanos deben cumplir para tener derechos. Por ahora, el monto de la pensión no es el eje central de la discusión. No estamos pidiendo limosna. Estamos pidiendo un reconocimiento de la dignidad humana y laboral. Además, esta ley pretende darles a los boxeadores elementos legales que les permitan tener voz y voto en el mercado deportivo. Los boxeadores, que son los que permiten que el boxeo exista, no tienen ni voz ni voto porque cuando empiezan a pelear son tiernos adolescentes, muchas veces indefensos cultural y económicamente. Por eso son muy fieles a sus explotadores.

–¿Y quiénes serían esos exploradores?
–Los promotores y la Federación Argentina de Box, que es una verdadera mafia. Los promotores les dan propinas a los boxeadores en lugar de pagarles lo que corresponde. Cuando Héctor Javier Velazco salió campeón mundial de los medianos, lo primero que hizo fue ir a comprarse un par de medias. No le alcanzaba para mucho más.

Por Agustín Colombo

Foto: Juan Pablo Barrientos

Nota publicada en la revista El Guardián, en mayo de 2011.

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