Von Cramm, el tenista perseguido

Para el nazismo, Gottfried von Cramm parecía perfecto: rubio, alto, elegante, armonioso en cada paso, en cada golpe con la raqueta en su mano. La imagen ideal para lo que pretendía el gobierno de Adolf Hitler de la humanidad. Von Cramm era, además, el tenista alemán más exitoso en aquellos tiempos de horrores y tristezas.

Después de ganar dos veces Roland Garros (en 1934 y 1936), el Tercer Reich se fijó en von Cramm y lo invitó a afiliarse. Hasta Hermann Göring, líder de la Luftwaffe y ladero de Hitler, se encargó de tentarlo personalmente para que se uniera a las huestes nacionalsocialistas. El tenista fue terminante: les dijo a todos que no, a pesar de haber recibido diferentes y estrafalarias propuestas económicas. Intachable dentro de la cancha –al punto de que es considerado uno de los pioneros del “juego limpio”– von Cramm también intentaba serlo fuera.

Aunque se oponía, en los prólogos de cada partido que disputaba en Alemania, el jugador era obligado a realizar el saludo nazi frente a la bandera con la cruz esvástica. Su relación con el Imperio siempre fue tensa. Quizá por eso, cada vez que viajaba para disputar un torneo en el exterior, el aristócrata tenista expresaba, de modo tácito, sus disidencias con el régimen.

Su vida –deportiva y personal– cambió para siempre en Londres, el 20 de julio de 1937. Ese día, von Cramm jugaba el último partido de la final interzonal de la Copa Davis ante Don Budge, de Estados Unidos. El ganador de esa serie debía enfrentar al Reino Unido, el campeón defensor, para conocer al nuevo rey del tenis mundial. Ningún nazi lo hubiera imaginado mejor: Alemania, que nunca había obtenido la Davis, podía erigir a un hombre rubio y esbelto –presunto ícono de la raza aria– como el ídolo deportivo del país.

Se dice que Hitler llamó al All England para hablar con el jugador antes del partido. Von Cramm lo negó siempre. Según Budge, que estaba en la misma sala, su rival y amigo dijo “Ja mein Führer” cuando tomó el teléfono. Nunca se sabrá la verdad. De todos modos, la intimidación nazi existió: en las tribunas del estadio estuvieron el embajador alemán en Gran Bretaña, Joachim von Ribbentrop, y el ministro de Deporte, Hans von Tschammer und Osten, uno de los principales hacedores de los Juegos Olímpicos de Berlín.

Esa tarde, von Cramm perdió. La derrota, más algunas críticas a Hitler en Australia, durante el final de la temporada, hicieron que su regreso a Alemania fuera traumático. En marzo de 1938, la Gestapo lo detuvo y lo mandó a una prisión berlinesa. La Justicia nazi lo condenó por “irregularidades en el sexo”; es decir: por tener relaciones homosexuales con Manasse Herbst, un actor judío que había logrado escapar de las garras germanas.

Von Cramm, que durante su condena recibió el apoyo de deportistas de elite mundial, salió de la cárcel a los seis meses por buena conducta. De vuelta en las canchas, los organizadores de la mayoría de los torneos –incluidos Wimbledon y Forest Hill– le negaban su participación: aludían una “cuestión moral”.

Como la mayor parte de los alemanes, en 1940, von Cramm participó en la Segunda Guerra Mundial. El nazismo lo reclutó como soldado raso y, dos años más tarde, tras combatir en el frente de ataque contra el ejército soviético, le otorgó la cruz de hierro, una de las máximas condecoraciones. Sin embargo, el honor le duró poco: por su homosexualidad, y porque se sospechaba que podía ser un infiltrado opositor, el gobierno le dio la baja sin honores. Von Cramm regresó otra vez al tenis y jugó la Copa Davis para Alemania hasta sus 44 años. Se retiró sin poder ganarla. ¿Acaso importaba?

Por Agustín Colombo

Bonus track: una protesta equivocada

En 1937, después de perder por la Copa Davis contra Don Budge en el All England, Gottfried von Cramm inició una gira por Estados Unidos. Durante un torneo que se disputó en Los Ángeles, unos 200 actores norteamericanos, incluido Groucho Marx, fueron a la cancha para repudiarlo. Hasta aquella protesta (que en realidad nunca se hizo), en Hollywood se creía que von Cramm era simpatizante del gobierno nazi de Adolf Hitler. “Me sentí avergonzado de lo que había planeado hacer”, reconoció más tarde Groucho.

 

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