John Carlin: “Mandela es un personaje de ficción”

Inspirado en el proceso político que comandó Nelson Mandela para terminar con el apartheid en Sudáfrica, John Carlin escribió El Factor Humano, un libro que cautivó a buena parte del mundo. No es exageración: el periodista inglés, narrador de exquisitas historias en lugares insospechados, consiguió que su obra fuera publicada en más de 15 países; que en Sudáfrica se convirtiera en best seller al mes de su lanzamiento; y, quizás el componente consagratorio, que resultara el numen de una película dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Morgan Freeman y Matt Damon.

–En el libro afirma que la historia de Mandela con Sudáfrica se parece mucho a un cuento de hadas. Y algunos críticos han definido a su obra como “una novela perfecta con la salvedad de que todo es real”. ¿Usted sintió esa magia desde que empezó a recabar la información?

–Para el libro hice muchas entrevistas con todos los protagonistas, y lo asombroso fue que la gente le daba ese sentido mágico, especialmente Mandela, que se parece a un personaje de ficción. Lo tremendo es que entrevisté a sus carceleros, al ministro de Justicia del apartheid, al jefe de inteligencia y al general de extrema derecha opositor, y en todos los casos cayeron rendidos a los pies de Mandela, sin excepción. Lo curioso es que ellos percibían a Mandela como una amenaza total a su forma de vida. Mandela era lo que Osama Bin Laden podía resultar para los americanos, de cierto modo mucho más porque significaba una amenaza en su propio país.

–¿Cómo hizo Mandela para permanecer 27 años preso y en vez de agudizar su encono con los afrikaners encontrar una manera de atenuar el odio entre blancos y negros hasta llegar a la convivencia pacífica?

–Creo que Mandela es una especie de héroe clásico de la antigua Grecia. Él entró en la cárcel condenado a cadena perpetua, con condiciones de vida terribles, pero siempre estuvo convencido que su destino era salir de la cárcel para liberar a su pueblo. Fue una especie de San Martín sudafricano. Y ésta convicción hizo que desde el primer momento se empezara a preparar para el día de su liberación. El punto número uno de su estrategia fue conocer a su enemigo: desde el idioma de los afrikaners hasta su historia y sus costumbres. Experimentó con los carceleros y más tarde admitió que la cárcel resultó una especie de laboratorio político. Mandela es un hombre generoso, pero más allá de su generosidad, hay un pragmatismo político asombroso. Yo he vivido en Nicaragua durante el sandinismo: cuando el Frente llegó al poder, para ellos fue un punto final, golazo, ganaron el partido. Mandela, en cambio, entendió que ganar el partido, ganar las elecciones y llegar al poder no era suficiente, porque sabía que iba a tener que asentar las bases para poder crear un país estable en el que no haya una contrarrevolución, que fue lo que hubo en Nicaragua. Por eso, cuando ganó las elecciones dijo que si la gente que ya estaba incorporada no formaba parte del nuevo estado era inevitable un golpe. Miró mucho más allá que los demás. Es la combinación de su generosidad y su astucia política lo que explica esa forma de ser tan milagrosa que tuvo Mandela.

–El proceso de Mandela tuvo su culminación en la final del Mundial de rugby. ¿Si no hubiese existido esa final ante los All Blacks las diferencias entre blancos y negros habrían perdurado un tiempo más?

–Creo que sí. Lo que intento explicar en el libro es que la final no es un hecho aislado sino la consumación de un proceso. Fue la última pieza de un rompecabezas. En ese encuentro y en el torneo en general se logró el objetivo con más éxito que nunca porque, como dice Mandela, se apeló a los corazones de la gente, no a sus mentes. Ese día fue la coronación de Mandela en toda Sudáfrica.

–Hay muchos países que padecen o padecieron un odio arraigado entre sus pueblos y no encontraron la manera de evitar masacres, tal es el caso de Ruanda, Irlanda del Norte o, algo más reciente, la guerra en Israel-Palestina. ¿Un personaje con las características de Mandela hubiese encontrado la manera de acercar posiciones?

–Sin duda que Sudáfrica tuvo la suerte de tener una figura como Mandela, de eso no me queda ninguna duda. El proceso de paz entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte funciona muy bien y está muy consolidado, pero si tú vas allí y hablas con cualquiera de los líderes políticos del momento, todos han estudiado muy bien el caso sudafricano que comandó Mandela. Incluso muchos viajaron a Sudáfrica para aprender. Yo he estado en Israel-Palestina y muchos amigos siempre me dicen lo mismo: si en esa zona hubiese un líder como Mandela no habría este conflicto eterno. O el caso del País Vasco, para citar un ejemplo más chico pero también emblemático. ¿Cómo puede ser que estas locuras sigan a esta altura del campeonato? Y siguen porque no emergen líderes capaces de ponerse por encima de los antiguos prejuicios.

–Quizás como antítesis de lo que hizo Mandela con el Mundial de rugby de 1995 está el Mundial de fútbol que organizó la dictadura militar argentina en 1978.

–Cuando un grupo de gente va a ver a su selección o a su equipo se suspende de cierto modo la actividad racional: uno entra en una dimensión puramente emotiva y en ese estado de ánimo es muy susceptible a mensajes que fríamente envían los políticos. En esa clase de campeonatos hay muchas cosas en juego: emociones personales, colectivas, orgullo, identidad. Y entonces se ha utilizado el deporte a lo largo de los años para delincuencias finas, como la que menciono en el libro de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, en los que Hitler intentó demostrar su idea de la superioridad de la raza aria. En el caso del Mundial del 78 yo era muy poco consciente de lo que sucedía; y sólo un año después, cuando fui a Argentina, entendí la terrible situación.

–Justamente, usted comenzó su carrera periodística en el Buenos Aires Herald, uno de los pocos medios que denunciaba los horrores de la dictadura de 1976-1983. ¿Cómo fueron esos años iniciáticos en el peor período de la historia argentina?

–Para mí fue tremendo. He ido a muchos lugares jodidos y creo que ése fue el clima político más siniestro que he conocido, incluyendo también las dictaduras de El Salvador y Guatemala. El Herald era un lugar muy especial, creo que el único medio del país que hablaba el tema de los desaparecidos de forma sistemática. Quizás había una especie de semi protección por tratarse de un diario en inglés, aunque los editoriales se traducían al español. Y existía una curiosidad: ese periódico gringo se convirtió en una especie de lectura obligada para obtener la satisfacción de saber que alguien estaba diciendo algo de todo lo que ocurría. Dentro de mi trayectoria como periodista, creo que es el diario más pequeño para el que he trabajado, pero siempre lo recuerdo con mucho orgullo y como un honor porque fue ahí y en Centroamérica donde definí la línea periodística que debía seguir.

–¿Cómo ve al periodismo deportivo? Observa una cierta lejanía con la política y una tozudez para amplificar noticias que, en definitiva, no resultan tan relevantes.

–No hay que forzar la maquina, habrá determinados eventos deportivos en los que hay un factor político, y en esos casos es muy interesante hablar de estos y analizarlos. Pero creo que son la minoría. El deporte, como la pintura, el ballet, el arte, nos alegra la vida. Yo conozco muy bien África y puedo afirmar que el fútbol es el gran consuelo de los pobres de ahí y del mundo. No hay que menospreciarlo: aunque no haya una conexión política explicita, sí existe felicidad, satisfacción y el bienestar en la gente. El fútbol, por ejemplo, es uno de los temas que mueve al mundo; es algo que une a las personas.

–Cada vez que Argentina e Inglaterra se enfrentan en una cancha da la sensación de que la convivencia es hostil. Usted que conoce los dos países, ¿cómo explica esa situación?

–La gran rivalidad intercontinental es Inglaterra-Argentina. No hay comparación, puede ser que en Sudamérica sea Argentina-Brasil, o en Europa, Inglaterra-Alemania. Pero ese antagonismo entre ingleses y argentinos viene de mucho tiempo atrás: las Malvinas, el partido en México 1986. Es otro ejemplo más de ese ambiente mental febril en el que entramos cuando está el fútbol en juego. De cierto modo, esa rivalidad deportiva concentra un montón de historia, cultura y psicología colectiva.

Por Agustín Colombo

Nota publicada en la revista C, del diario Crítica de la Argentina, en 2010.

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1 Comment

  1. If ISIS gets Baghdad it will be a second Ruanda massacre. We need to act now. Face reality, no happy talk anymore. Cudos to Iran to act

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