A 20 años de la masacre de Ruanda

En Ruanda, el fútbol sirvió como remedio para curar el encono entre hutus y tutsis, las dos etnias predominantes del país, que en 1994 protagonizaron lo que más tarde se denominó el Genocidio de Ruanda, una masacre de cien días en la que grupos paramilitares hutus exterminaron a casi un millón de tutsis, la mayoría asesinados a machetazos.

En esos tres meses, Ruanda quedó arrasada. El 11% de su población fue asesinada y varias generaciones quedaron con el estigma de aquella matanza perpetrada a machetazos. Pero pese a todo, la catástrofe también hizo que los ruandeses se reinventaran a sí mismos. Y uno de los bastiones para lograr la reconciliación entre su gente fue el fútbol, que tomó un papel trascendental para limar las asperezas de aquellos fatídicos días de hace dos décadas.

El conflicto tiene su propia historia. Y quizás, el primer capítulo se haya escrito en el siglo XVI, cuando los jefes tutsis iniciaron una persecución sistemática a los reyes hutus por considerarlos súbditos de ellos. A partir de ese momento, la convivencia entre las dos tribus se quebró.

Con el correr de los años, los tutsis –apenas el 14% de la sociedad ruandesa– engendraron un poder que perduraría mucho tiempo. Se daba algo paradójico: a pesar de ser mayoría, la etnia hutu (85%) se vio sometida a una gradual sumisión, mientras que los pigmeos twas, el restante 1% de la población y dedicados a la caza en los montes, gozaban de ciertos privilegios que les brindaban los tutsis, que hacia finales del siglo XIX, y con la complicidad de la colonización alemana, instauraron un sistema clasista que relegaba a los hutus al último puesto.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) marcó el destino del país africano. Tras el fin del conflicto, la Sociedad de Naciones –predecesora de la ONU– entregó el territorio a Bélgica, que determinó una serie de medidas en desmedro de los hutus. Quizás, la orden más emblemática que partió desde Bruselas fue la introducción de un carnet étnico para distinguir a preferidos y postergados. Segregados dentro de su propio país, los hutus eran sometidos a trabajos forzados. Además, como para predestinarlos a la humillación, se les prohibió el acceso a la educación hasta 1950.

La muerte del Rey tutsi Mutara III Rudahigwa, quien había gobernado el país durante casi tres décadas, y una revuelta hutu que reclamaba la igualdad de sus derechos hizo que el escenario político cambiara sustancialmente: los colonos belgas apoyaron la reivindicación de los hutus, que tomaron el gobierno, abolieron la monarquía tutsi e instauraron la República de Ruanda, que se independizó, junto a su vecino Burundi, en 1962.

Desde ahí, Ruanda se convirtió en la república perdida. Un general hutu, Juvenal Habyarimana, comandó un golpe de Estado en 1973 y se apoderó del gobierno. Habyarimana les devolvió todo el dolor de la historia a los tutsis, que escaparon a los países limítrofes. Un tiempo después, en 1990, algunos exiliados opositores, organizados en el Frente Patriótico Rwandés (FPR), invadieron Ruanda con el apoyo de Uganda para iniciar una guerra civil que buscaba derrocar al régimen militar. Habyarimana repetía todos los martirios del pasado: regresó al carné identificatorio, publicó listas de opositores políticos para que fueran asesinados y entrenó a grupos paramilitares para que llevaran a cabo la acción antitutsi. Un macabro déjà vu. El tratado de paz de 1993 entre el partido oficialista y el FPR pareció calmar la tensión, pero duró poco.

El 6 de abril de 1994, el avión en el que viajaba Habyarimana fue derribado por un misil presuntamente lanzado por el FPR. El magnicidio abrió las puertas del Genocidio de Ruanda, el capítulo más sangriento de la historia del país. Ante el avance del FPR, las milicias hutus comenzaron un asesinato sistemático a la población tutsi, que intentó huir a los países cercanos. La matanza fue incitada por la radio pública de las Mil Colinas, el principal medio de comunicación ruandés. En tres meses, los hutus mataron a casi 800 mil tutsis, el 75% de su comunidad. El FPR también cometió diversos asesinatos contra los hutus, que resultaron menores en relación con los masivos crímenes contra los tutsis.

Ruanda, bañada en sangre, con casi el 11% de su población asesinada, inició una gradual reestructuración. 120.000 hutus fueron encarcelados por lo sucedido y muchos tutsis regresaron al país luego de su masivo éxodo para comenzar de vuelta. Y así fue.

Los estadios: un lugar compartido

Según estimaciones de la Association des Anciens Footballeurs du Rwanda, de los casi un millón de víctimas del genocidio ruandés, 34 eran futbolistas o personas vinculadas al fútbol (dirigentes, árbitros, etc). El Rayon Sport, el primer club campeón de la liga local, resultó uno de los más castigados: Rongin Munyurangabo y Anasthase Buregeya, miembros de su primer equipo en los noventa, fueron asesinados por los hutus.

El arquero del Rayon por esos días, Eugene Murangwa, contó hace algún tiempo en el portal Goal.com que por ser futbolista no fue asesinado cuando el Interahamwe, el brazo armado paramilitar del gobierno hutu, irrumpió a los golpes en su casa: “Les dijimos que no había armas en la casa y que pertenecíamos al Rayon. Les mostré mi pasaporte que probaba que había estado en Sudán con motivo de un partido allí pero exigieron más pruebas. Fue allí que corrí hacia mi habitación y les mostré una foto del equipo completo. Nos creyeron y se fueron”, recordó.

Tras los 100 días de horror, el Rayon y su histórico rival, el Kiyovu, comenzaron a recomponer sus equipos. En agosto, un mes y medio después del final, se jugó el clásico en la capital, Kigali. Aún hoy recuerdan que en el estadio, hutus y tutsis pudieron convivir sin violencia. Fue el comienzo de una reconstrucción: la Federación de Fútbol reinició su tarea en 1995, y los clubes volvieron a disputar los torneos africanos en ese año. Los ciudadanos de los demás países africanos se sorprendían cuando los visitaba un combinado ruandés, porque no podían entender cómo podían estar allí después de tanta muerte.

En 2004, diez años después de la masacre, la Comisión de Reconciliación Nacional, encabezada por Aloisea Inyumba, organizó un encuentro de fútbol entre hutus y tutsis para fortalecer la reconciliación de las dos etnias. Una modesta cancha en Gashora, a dos horas de la capital Kigali, constituyó el escenario ideal para dar una señal de esperanza. Dos mil hutus, por un lado, y dos mil tutsis, por el otro, convivieron en armonía, alentaron a sus jugadores y, principalmente, se concientizaron sobre el Genocidio que asoló ese mismo suelo una década atrás.

Once prisioneros hutus, confesos autores de la barbarie e indultados por el gobierno para esclarecer los episodios, tuvieron como rivales futbolísticos a un equipo de sobrevivientes tutsis. El temor a posibles riñas hizo que custodiaran el encuentro tres soldados y un policía. El resultado, por demás anecdótico, terminó 1-0 a favor de los tutsis por un gol de Eugene Ntalarutimana, quien se refirió al juego y, sobre todo, a la importancia real del mismo. “Un empate podría haber sido más justo, pero lo principal es que todos pudimos participar. El fútbol y otras actividades comunales como la construcción de casas son la forma en que todos estamos tratando de vivir juntos en paz nuevamente. No los odiamos (por los hutus). Llegan en un momento en que los necesitamos para reconstruir nuestra comunidad. Es hora de olvidar lo que sucedió”, indicó.

Uno de sus rivales, Jean-Marie, se expresó en el mismo sentido. “Cuando estábamos en la cárcel, a menudo pensábamos que el fútbol era lo único que nos podía unir, de manera que estoy muy contento de tener esta oportunidad de estar juntos y ser aceptados por esta gente cuyos parientes matamos”, dijo con crudeza. La reconciliación que desde aquí parece inentendible, allí, en Ruanda, comenzó y continúa en una cancha.

Por Agustín Colombo

Author:

Share This Post On

1 Comment

Responder a Agustín Colombo Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>